Los amigos del Presidente

no me veras

Les voy contar un mal chiste. Más bien se los voy a recordar.

Érase una vez que Enrique Peña Nieto, presidente de México, le dio una entrevista al diario El País. Y en ella, muy serio, dijo: “el presidente de México no tiene amigos”. ¿Verdad que ya se lo sabían?

La frase completa, para que no haya malentendidos en torno a aquella declaración publicada en julio de 2014, fue esta: “no hay nada que se parezca ni siquiera de cerca a lo que es la responsabilidad de ser presidente de México; es única y compromete a uno con todo México y sólo con México; y ahí recuerdo haber compartido todavía en la transición, en algún mensaje que dirigí a un grupo de representantes de distintos sectores sociales: a ver, el presidente de México no tiene amigos. El presidente de México está dedicado a una tarea, que es servir a México y como tal asumo esta responsabilidad. Esa es mi visión”.

Y bueno, escasos cuatro meses después de esa profunda reflexión presidencial todo México se vino a enterar de la 'casa blanca' suya de él, aunque de su esposa, pero en realidad de uno de sus contratistas favoritos, ese mismo que era el del tren a Querétaro y el mismo al que le acaban, sí, en este 2018, de ampliar 30 años una concesión de una carretera en el Edomex y que es… su amigo, Juan Armando Hinojosa, suyo, sí, amigo del presidente Enrique Peña Nieto. El chiste de la relación imposible entre amigos y la alta responsabilidad que implica la Presidencia de la República, en este sexenio, se contó solo. Y fue muy malo.

Si eso fue ayer, ¿qué será mañana? El próximo presidente de la República, ¿tendrá amigos?

En un libro cuya lectura, insisto, es muy útil en esta transición, Óscar Camacho y Alejandro Almazán cuentan entre otras cosas cómo Andrés Manuel López Obrador solía decir, en sus tiempos de jefe de Gobierno del Distrito Federal, que a él no le iba a pasar lo que a Lula da Silva, “refiriéndose al presidente de Brasil, que tuvo todo para gobernar y terminó atado de manos por los empresarios brasileños”. (La victoria que no fue. López Obrador: entre la guerra sucia y la soberbia, Grijalbo, 2006).

Y eso que nadie pudo haber adivinado hace doce años qué le iba a terminar de pasar a Lula por la relación con esos empresarios: acabar junto con ellos en la cárcel, mientras su país elegía a un fascista como presidente.

Andrés Manuel López Obrador, en efecto, hasta hoy parece tener la clave para someter a los empresarios, y lo ha demostrado en el tema de la cancelación del aeropuerto que se estaba construyendo en Texcoco.

“Aquí comen y aquí se duermen”, parece haberles dicho López Obrador a unos mansos capitalistas a los que hoy promete indemnizaciones y futuros contratos. Pero el tabasqueño no a todos los empresarios trata igual. Hay uno, en particular, a quien en muy pocas semanas le permite todo tipo de licencias: desde participar en la rueda de prensa donde se anunció la cancelación del NAIM, hasta poner a uno de sus hombres de confianza a cargo del –Dios guarde la hora– próximo aeropuerto de Santa Lucía.

Ese empresario se llama José María Riobóo, y algunos pensaron que era el Juan Armando Hinojosa de la cuarta transformación. Pero Hinojosa era y es discreto. Mal se conocen fotos de él y menos su voz.

Entonces, a qué otro amigo del presidente Peña Nieto podría parecerse Riobóo. Se me ocurre al menos otro: José Andrés de Oteyza, de la, por decirlo suave, cuestionada OHL.

A ese amigo del presidente Peña Nieto le oímos en audios revelados en 2015 dejar muy claro cómo influía en el gobierno (es un decir) de Eruviel Ávila en Edomex, y en Pemex y la CFE de Emilio Lozoya y Enrique Ochoa, respectivamente.

Los amigos empresarios de Peña Nieto tuvieron en común que, con sus escándalos de corrupción nunca realmente investigados, socavaron la legitimidad del gobierno que está a punto de concluir. Por eso era buena idea aquello de no tener amigos.

¿El amigo de Andrés Manuel acarreará similares costos para el gobierno que está por comenzar? ¿Pues qué le deberá López Obrador a Riobóo que tantas concesiones le da?

Quizá habría que preguntarle a AMLO: oiga, presidente electo, ¿el presidente de México tiene amigos? Y ojalá que su respuesta no sea un mal chiste.

Fuente: elfinanciero.com

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