Nayib Bukele, entre el culto a la personalidad y la amenaza autoritaria: Francisco Ángel Maldonado Martínez*

no me veras

Los tiempos de la posmodernidad traen consigo todo tipo de nuevos escenarios para ejercer el poder. Atrás quedó la formalidad con la que durante siglos los partidos políticos fueron actores centrales de la vida política de algunas naciones. No es que actualmente se deba prescindir de ellos ni mucho menos, está claro que su papel como asociaciones intermedias entre el poder y la ciudadanía es la única manera para lograr cierta democracia representativa. El asunto es que el acceso al poder ya no depende solamente de sus rígidas estructuras, sino que hoy la democracia transita por nuevos caminos, en los que el populismo es valorado por amplios segmentos del electorado. En este contexto, un outsider tiene amplias posibilidades de hacerse del poder aun si su carrera es meteórica y prescinde de los partidos políticos tradicionales. Es el caso de Nayib Bukele en El Salvador.

En junio de 2019 traté en este espacio el fenómeno mediático que había suscitado Bukele con su arribo a la presidencia de El Salvador. Por primera vez, se veía a un mandatario latinoamericano hacer de su cuenta de Twitter un instrumento de control y sanción de funcionarios públicos. Al poner en evidencia las condiciones de privilegio de quienes transitaron del gobierno de su antecesor al suyo, Bukele atrapó los reflectores entre la admiración y la reserva. De aquella entrega retomo estas líneas: “A Nayib Bukele se le reconoce por su inédito manejo de su cuenta de Twitter. El presidente de El Salvador, uno de los países que enfrenta mayores desafíos en Centroamérica, se ha convertido en tweetstar por sus publicaciones inéditas en un mandatario. Se ha encargado de despedir a cientos de empleados a través de sus famosos tweets que comienzan con la misma frase: Se le ordena a …, cualquiera que sea el ministro de su gobierno, que deba poner en práctica la instrucción de despedir a los funcionarios del viejo régimen salvadoreño conformado por el Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional (FMLN)”.

Bukele es un publicista. Al menos así lo comprueba el hecho de haber heredado el talento de su padre, quien fue coordinador de imagen del FMLN, el histórico partido de izquierda, pero el vástago también se forjó como representante de la marca Yamaha en el país centroamericano. Digamos que en las venas tiene el deseo de vender bien un producto, pero transmitir los mejores mensajes y las mejores imágenes desde el poder presidencial no siempre es vender instrumentos musicales. La carrera política de Bukele sucedió al amparo del FMLN, bajo cuyas siglas llegó a ser alcalde de San Salvador en 2015. Su carisma, sobre todo en redes sociales, se convirtió pronto en un fenómeno de masas. Como lo señala un artículo en El País: “Por aquel entonces era solo un alcalde de 34 años con ínfulas, la estrella emergente de la política salvadoreña que crecía sobre las cenizas del bipartidismo, pero algunos rasgos de su forma de ejercer el poder ya estaban ahí: su repudio al resto de poderes cuando lo contradicen, el manejo de operaciones poco claras para favorecer su imagen y su enfrentamiento con la prensa”. Desde el 1 de junio de 2019 asumió la primera magistratura de su país, en una elección en la que ganó en primera vuelta con más del 50% de la votación y desplazando al viejo bipartidismo. Además, entró a los registros como el presidente más joven en la historia salvadoreña.

Sin duda no basta comunicar para gobernar bien. Pero gobernar comunicando es la apuesta de nuestros días, ello explica el interés del mandatario más joven de Latinoamérica por aparecer a los ojos de sus seguidores más como una estrella de televisión que como un presidente. Él mismo se ha definido como el presidente más cool del mundo, lo que sea que esta expresión quiera decir realmente. En El Salvador el 40% de la población sigue por las redes la vida política del país, según la encuestadora LPG Datos. Si esto pudiera considerarse crucial, hay que sumar el hecho de que casi la mitad de los salvadoreños en el padrón electoral tiene una edad media de 39 años, precisamente la edad de Bukele. Este domingo se celebran elecciones legislativas en El Salvador y por primera vez irrumpe un nuevo partido, el de Bukele, denominado Nuevas Ideas, que según los sondeos lidera las preferencias y se prevé que obtenga entre 43 a 56 escaños de 84 que conforman el Poder Legislativo, con lo que podrían elegir funcionarios o realizar reformas a la Constitución por los próximos tres años.

Para la oposición, conformada por la derechista Alianza Republicana Nacionalista (Arena), que actualmente posee la mayoría del Congreso, seguida de la ex guerrilla izquierdista Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional, Bukele busca hacerse del control total del Estado. Desde 1992, con el fin de la guerra civil en ese país, estas formaciones políticas dieron una relativa estabilidad al país, no exenta de casos de corrupción, con dos presidentes que terminaron en la cárcel y una escalada de violencia debido a las pandillas salvadoreñas caracterizadas por su crueldad. Bukele vino a romper esta lógica de confrontación política al crear un nuevo polo carismático, basado en ideas preconcebidas en la televisión y el medio del espectáculo, y haciendo de la política una especie de reality show. Lo que podría tener de atractivo para los consultores en marketing político, no lo tiene para quienes ven en el joven presidente una figura desafiante del orden institucional y arrogante a la hora de tomar decisiones. Un ejemplo de esto fue cuando el mandatario entró acompañado por militares en la Asamblea Nacional para obligarlos a que aprobaran un préstamo para seguridad, gesto visto con recelo por organismos multilaterales como la Organización de Estados Americanos.

En su libro clásico Homo videns: la sociedad teledirigida, escrito a finales de los noventa, Giovanni Sartori observaba cómo el homo sapiens había sucumbido al poder de la televisión y con ello ponía en riesgo su capacidad de abstracción, de crear y entender conceptos. Entre otras cosas señalaba que: “la televisión entretiene, relaja y divierte … la video-política hace referencia a solo uno de los múltiples aspectos del poder del video: su incidencia en los procesos políticos y con ello una radical transformación de cómo ser políticos … la video-política no caracteriza solo a la democracia, el poder de la imagen está también a disposición de las dictaduras”. Cuánto de lo que señaló este pensador universal no sigue vigente en ejemplos como el del régimen actual en El Salvador, donde en casi dos años, Bukele ha puesto de cabeza a las instituciones y amenaza con controlar a los contrapesos al ejecutivo. Tal vez por eso se le caracteriza por poner en marcha una telecracia moderna, donde él gobierna viendo a su teléfono antes que a las personas, y donde el espectáculo importa más que las políticas públicas. El problema es que esta distancia que también provocan los nuevos tiempos puede provocar que la joven promesa de hace dos años devenga en un autócrata que cuando ve su celular solo se mira a sí mismo. Y ya sabemos cómo terminó Narciso. @pacoangelm

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