Hojas de papel volando | El mar… la mar…: Joel Hernández Santiago

no me veras

Se acercó un poco, a manera de confiarme un secreto y como un murmullo me dijo “fíjate que no conozco el mar”. Lo miré sorprendido porque este hombre mayor, acaso ochenta años, me había mostrado mucho conocimiento del mar a lo largo de meses-años de pláticas.

De tarde en tarde nos saludábamos al paso y me invitaba a sentarme con él, para ‘comentar’, decía. Al hombre de campo y hecho en el campo le gustaba platicar de lo que había experimentado él en la vida, de sus años aquí o allá, sus aventuras de juventud y sus pleitos de madurez por defender cosas de la tierra en nuestro pueblo, como Comisariado Ejidal que había sido. Pero sobre todo le gustaba que yo le platicara de mis viajes.

De cómo es esto o aquello. De cómo se visten por allá. De cómo son. De qué comen. De qué piensan. De los colores del aire y de la temperatura. De cómo era llegar ahí. Él había leído libros, revistas y periódicos y me preguntaba cosas concretas, como el caudal de los ríos y la altura de las montañas, el calor del viento y tanto. A veces no sabía qué contestar pero alargábamos la charla con anécdotas.

Así que cuando me preguntó: ¿Cómo es el mar? Me quedé callado un rato, porque él tenía ya mucha información y lo que yo podría decirle era lo común, lo visible, lo inmediato... Y porque además mis idas al mar, se resumían a estancias breves, alguno que otro viaje en barco y mucha playa.

¿Qué se siente estar frente al mar? Me dijo también.

El día cuando me murmuró su secreto yo no sabía qué decir. Pero de pronto me sentí frente al mar. Su murmullo interminable. El ruido de las olas que llegan a la playa y que nunca termina. El mar –pensé- es esa inmensidad que nos conecta a los seres humanos.

Y pensé que está ahí siempre, que es más que tierra, que es más sal que dulce, que es más eternidad que infinito, que es algo así como si su grandiosidad se quisiera meter a nuestros ojos, a nuestros sentidos, a nuestra esencia humana para recordarnos nuestra fragilidad y pequeñez frente a su portento. El mar que produce la sensación de concordia con la naturaleza pero que al mismo tiempo nos produce terror por sus profundidades y misterio.

El mar ha sido testigo de grandes batallas; de epopeyas; de luchas de unos hombres con otros por el predominio marino, aunque el mar no le pertenezca a nadie, porque sólo se pertenece a sí.

Ahí en el mar Mediterráneo ocurrieron los grandes viajes y aventuras de Ulises-Odiseo, en su Ilíada y Odisea. En el mar estaban los dragones que ponían a prueba el valor y la grandiosidad humana, las sirenas cuyo canto enloquecía y según las leyendas del norte europeo estaba ahí el principio y el fin de la vida misma.

Los vikingos hicieron del mar su espacio vital. Por el mar llegaron los españoles a tierras que hoy son América para transformar a su gente y transformarse ellos. El mundo de los piratas fue sobre el mar. Y las batallas en la Primera y la Segunda guerras mundiales fueron en mucho en el mar.

Pero el mar también es medible y puesto en el espacio de la ciencia y de los libros: ‘El mar considerado de forma genérica, como el conjunto de los mares y océanos, también llamado océano mundial o simplemente el océano, es el cuerpo de agua salada interconectada que cubre más del 70% de la superficie de la Tierra (361 132 000 km²)

‘Que modera el clima del planeta... Que la palabra “mar” también se usa para indicar secciones más pequeñas del océano, en parte interiores, y para algunos grandes lagos salados interiores, como el mar Caspio, el mar Muerto, el mar de Aral o el Mar Chapalico, que era Chapala, Jalisco.

‘Que la salinidad de las aguas marinas varía ampliamente, siendo más baja cerca de la superficie y en las desembocaduras de los grandes ríos y más alta en las profundidades del océano. Que las mareas, son generalmente el aumento y la caída del nivel del mar dos veces al día y son causadas por la rotación de la tierra y los efectos gravitacionales de la Luna y, en menor medida, del Sol.

‘Que los terremotos submarinos que surgen de los movimientos de las placas tectónicas debajo de los océanos pueden provocar tsunamis, al igual que los volcanes, los grandes deslizamientos de tierra o el impacto de grandes meteoritos.’ Todo esto lo dicen los libros y ya se sabe que, como dijera Armando López Becerra: “Los libros tienen la palabra”.

Pero junto a la ciencia está la obra intelectual de escritores, pintores, cineastas, arquitectos, escultores, compositores... que han dedicado obras excepcionales para exaltar la inmensidad del mar, como también sus peligros; su voluptuosidad y su capacidad de recuerdo sin olvido.

En la pintura están joyas que refieren al mar y sus efectos en la imaginación del artista, como –por ejemplos- “El nacimiento de Venus” de Sandro Botticelli. Nace Venus del mar, sobre una concha marina y es recibida por el soplo de Céfiro sobre las aguas. Y ella está ahí, en toda su pureza y perfección rodeada de espuma de mar...

En contraste está “La balsa de la Medusa”, de Théodore Géricault (1818) una obra cuyo trágico realismo hace ver que la naturaleza no es una potencia generadora, sino destructora. Y a ella sucumbe un ser humano que no puede dominarla.

Y muchas más obras de grandes pintores, como también hay la literatura del mar. Está en obras de Edgar Allan Poe, Julio Verne, Robert Louis Stevenson, Henry Melville, Emilio Salgari, Jack London, Ernest Hemingway. Por ejemplo “Moby Dick”, la ballena blanca de Melville; o en “Nostromo” de Jack London, o el infaltable “El Viejo y el mar” de Hemingway.

Se percibe la inmensidad del mar en el descenso al “Maëlstrom” de Poe; en la inolvidable descripción de una tempestad marina en “David Copperfield”, de Dickens; la tragedia de “El bote salvavidas”, de Stephen Crane; el muy absurdo “El cazador Graco” de Kafka... tantos más...

En México, José Emilio Pacheco nos lo dejó claro en su “Mar eterno”: “Digamos que no tiene comienzo el mar. Empieza donde lo hallas por vez primera y te sale al encuentro por todas partes”.

La arquitectura se ha tenido que acoplar a las exigencias del mar. La de las costas mexicanas; la del Mediterráneo con sus casas blancas que miran de frente al mar; la de los mares del norte...

Y el cine... ni qué decir. Una reciente de gran impacto: “La vida de Pi” (Lee); o la clásica “Motín a Bordo” basada en la obra de Nordhoff y Norman Hall, y cuya mejor versión fue la de 1962-Lewis Mileston con Marlon Brando y Trevor Howard, ni más ni menos.

O la versión al cine de “El viejo y el mar” (1958) con Spencer Tracy como el viejo Santiago, el pescador cubano... “Todo en él era viejo, salvo sus ojos; y estos tenían el mismo color del mar, eran alegres e inofensivos.”... O la muy comercial “Titanic”. Tantas-tantas-tantas películas en las que el mar es personaje, es historia, es inmensidad y admiración... eso es el mar...

En la música ni qué decir: nos quedamos con “El mar” de Claude Debussy; “Sinfonía del mar” de Ralph Vaughan Williams. Escrita entre 1903 y 1909: “Oh, alma que me haces feliz, navegando estos mares o en estas sierras, o caminando en la noche, Ideas, ideas silenciosas, de tiempo y espacio y muerte, como agua que fluye...”; “La Tormenta” de Jean Sibelius. O el poema sinfónico de Tchaikowsky: “La tormenta”, basada en Shakespeare... Y tantos más cuyo tema central es el mar, como luz y sobra de sus emociones más íntimas.

En la música popular está “La mer” cantada por Charles Trenet; o la danza de la amistad en “Zorba el Griego” a orillas del mar Mediterráneo o hasta nuestra muy popular y recordada y cantada y bailada: “En el mar, la vida es más sabrosa...” o... “Mar, se me fue, dijo adiós en tu azul lejanía...”

Miro a don Artemio. Y a su pregunta de “¿Qué se siente cuando uno está frente al mar”?. No puedo contestarle que frente al mar lo mismo me emociono, lo mismo lloro, lo mismo me encuentro y me pierdo; lo mismo estoy ahí y renace la esperanza y la ilusión de que al día siguiente habrá esa luz resplandeciente que hace brillar la cara de los cielos...

Eso es. Me levanto y le prometo que otro día platicaremos del tema... Él se queda con la esperanza de que mañana le diré que cuando estoy frente al mar, somos el mar y yo: nada más. Hoy don Artemio ya no está... Me dejó con la respuesta en la boca...: “El mar está en usted y cuando platico con usted veo al mar... la mar...” Si. Eso es.

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