Crisis racial de EEUU es social y no de brutalidad policiaca: Carlos Ramírez

no me veras

Aunque el policía que inmovilizó hasta la muerte al afroamericano George Floyd fue encontrado culpable y puede salvarse en apelaciones, la sociedad estadunidense sigue confundiendo el problema racial. Ya con derechos civiles legales, con voto libre y con un presidente afroamericano durante ocho años, el racismo sigue vigente y, peor aún, ahora extendido a las minorías hispanas y asiáticas.

El tema se ha centrado en la brutalidad policiaca. Y no se ha equivocado el enfoque, aunque se ha tergiversado: la brutalidad policiaca tiene una expresión racista, pero me atrevería a decir que contiene además un componente productivo porque los policías son los guardianes del sistema económico capitalista. Porque, en los hechos, la brutalidad policiaca se aplica contra todos los que se rebelan o protestan contra el establishment: jóvenes pacifistas, organizaciones sociales contra abusos químicos en condados, grupos ciudadanos contra el acceso libre a las armas, entre otros.

A la crisis policiaca en EEUU le ha faltado profundidad y perspectiva históricas. Lo que está en riesgo es el modelo productivo que se sostiene con la explotación de minorías, la permisividad en consumo drogas para inmovilizar importantes sectores sociales, la violencia que obliga al autoritarismo del Estado. El papel imperial de EEUU como el policía del mundo derrocando gobiernos e imponiendo modos de producción se reproduce en el microcosmos ciudadano del entorno productivo: los delincuentes son tratados como enemigos del modo de vida de confort.

El policía en las calles defiende al estatus quo, al establishment, la propiedad. Y no de ahora. No está por demás leer o releer las mejores crónicas sobre abusos y brutalidad policiaca como definición de la autoridad de seguridad en los condados y estados de EEUU. El escritor y periodista John Reed, famoso por sus dos principales obras: Diez días que estremecieron al mundo sobre la revolución rusa de 1917 y México insurgente sobre la revolución de Pancho Villa en México, recoge en Guerra en Paterson algunas de sus crónicas sobre conflicto policías-sociedad en huelgas de comienzos del siglo XX.

El primer párrafo de Guerra en Paterson es actual:

“Hay una guerra en Paterson, Nueva Jersey. Pero es un curioso tipo de guerra. Toda la violencia es obra de un bando: los dueños de las fábricas. Su servidumbre, la policía, golpea a hombres y mujeres que no ofrecen resistencia y atropella con sus caballos a multitudes respetuosas de la ley. Sus mercenarios a sueldo, los detectives armados, tirotean y matan a personas inocentes. Sus periódicos, el Paterson Press y el Paterson Call, incitan al crimen publicando incendiaros llamados a la violencia masiva contra líderes en huelga. Su herramienta, el juez penal Carroll, impone pesadas sentencias a los pacíficos obreros capturados por la red policiaca. Controlan de modo absoluto la policía, la prensa, los juzgados”.

El policía que mató a Floyd, Derek Chauvin, abusó de la fuerza, pero la rodilla en la garganta es un procedimiento protocolario oficial para inmovilizar a personas a las que se pretende arrestar y se resisten. ¿Es Chauvin un asesino declarado? ¿Inmovilizó a Floyd por decisión propia? ¿Cuáles fueron las razones que llevan a policías a usar la fuerza en exceso en arrestos donde encuentran resistencia? ¿Cómo arresta la policía a delincuentes de cuello blanco y de raza blanca? Ahora mismo el sitio The Intercept revela que policías enviados a la crisis en el Capitolio el 6 de enero carecieron de comprensión del conflicto y no tuvieron capacitación en derechos humanos.

La policía en EEUU –y en buena parte del mundo– protege el cumplimiento de las leyes que resguardan la propiedad, la riqueza y las vidas. El asunto se complica cuando está de por medio un presunto delincuente con definiciones de raza diferente a la wasp –anglosajona, blanca, protestante–. El nombre de Dereck es de origen alemán y el apellido de Francia y él mismo es un policía blanco. A los policías les enseñan a aplicar la ley, no a defender derechos. Y su capacitación especial tiene que ver con advertencias de que las minorías afroamericanas, hispanas y ahora asiáticas son propensas a la violencia de resistencia o de respuesta.

El juicio contra Chauvin se redujo al uso de la fuerza, no a los protocolos, al entrenamiento policiaco y a las razones de sospechar de minorías sólo por la apariencia física descuidada. Es decir, en el juicio debió haberse sentado en la silla de los acusados al sistema represivo, a los protocolos de uso de la fuerza y a la falta de capacitación policiaca en derecho. La brutalidad policiaca es un efecto de uso de la fuerza y de la causa de defender la propiedad y la riqueza. Apenas las policías ablandaron sus protocolos para evitar casos similares, los estudios especializados han encontrado un aumento en la incidencia delictiva. Los delincuentes, aún in fraganti, apelan a sus derechos de raza y acusan a los policías de racismo.

De los derechos civiles de 1966 a la elección del primer presidente afroamericano en 2008. EEUU ha pasado por un largo periodo de conflicto social agudizado. Al final, el problema parece no ser de derechos, sino de supremacías de raza. La reactivación pública del racismo con Trump después de la presidencia afroamericana de Obama hasta ahora no ha sido reflexionada con profundidad. Hoy los afroamericanos e hispanos tienen más posiciones de poder y mejores condiciones de bienestar personal, pero el racismo sigue siendo el mismo de la guerra civil del siglo XIX.

Habrá que esperar el resultado de la apelación del policía Chauvin porque puede ser liberado bajo el criterio de que obedecía ordenes y no reflejaba un racismo personal. Y los motines de 1992 en Los Angeles por el caso Rodney King regresan a la memoria.

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