Coahuila e Hidalgo: resultados inesperados y ruta constructiva hacia: Francisco Ángel Maldonado Martínez*

no me veras

En política no hay triunfos absolutos ni derrotas eternas. Por definición, la política consiste en una lucha por el poder al que se aspira. Este poder nunca se posee. En una democracia no es ni debe ser propiedad de un individuo pues hemos visto lo que sucede cuando se detenta sin controles, basta remitirnos al lamentable caso de Venezuela en donde hasta la fecha coexiste el poder formal de un dictador con el poder reconocido internacionalmente de un mandatario que denuncia las formas autoritarias del primero. Este es un buen ejemplo de los extremos a los cuales es posible llegar cuando se concibe al poder público como propiedad y no como mecanismo para servir a la sociedad. En una democracia el poder se ejerce ante los ojos de una ciudadanía cada vez más crítica y participativa; una sociedad que puede diferenciar su voto y elegir distinto según los contextos que van presentándose y su evaluación de los gobernantes en turno.

La semana pasada se llevaron a cabo elecciones en dos estados del país, en lo que representa la única antesala de cara al magno proceso electoral de 2021. En primer lugar, en Coahuila se eligieron diputados al Congreso local, mientras que en Hidalgo se renovaron los ayuntamientos. Estas elecciones debieron realizarse en julio pasado pero la pandemia las retrasó hasta este mes atípico en el calendario electoral. Aunque muchos analistas daban por descontado que el partido en el poder a nivel federal obtendría un triunfo avasallante en estas elecciones, la realidad ha sido muy distinta: el PRI se levantó de la derrota no solo electoral sino moral que sufrió en 2018 para encabezar las preferencias en distritos y municipios. No se trata de hacer una defensa de estos resultados como antesala de lo que pasará en 2021, pero sí de reflexionar sobre la oportunidad que se abre para el partido en el que milito hacia la contienda por venir.

En Coahuila, el PRI arrasó en los 16 distritos en disputa, una señal de que el gobernador Miguel Riquelme ha sabido hacer un buen trabajo, mientras que en Hidalgo ganó en la mayoría de los 84 municipios en juego. La declaración del dirigente nacional del PRI, Alejandro Moreno Cárdenas, inyecta ánimo a una militancia que sigue creyendo en el programa y propuestas de un partido histórico y constructor de instituciones: “El PRI sigue de pie, ganamos en Hidalgo y en Coahuila. Estamos de regreso y vamos a volver a ganar”. Alito se anota así un primer triunfo que alienta a los priistas del resto del país en un año complejo no solo por la pandemia que ha transformado la vida social, también por las dificultades en la oposición para hacer frente a la mayoría absoluta que el partido gobernante tiene en la Cámara de Diputados federal. Esta mayoría ha actuado en más de una ocasión sin escuchar las voces de otras fuerzas políticas que también representan a miles de mexicanas y mexicanos.

La primera lección de las pasadas elecciones en los dos estados señalados es que no hay tal cosa como la invencibilidad del partido dominante. En parte esto se debe a que Morena no ha logrado convertirse en un partido en toda la extensión de la palabra. Distintos politólogos como José Antonio Crespo han señalado que Morena sigue siendo un movimiento que muestra debilidades estructurales para funcionar como partido. Los resultados y declaraciones posteriores confirman que dentro de ese movimiento hay muchas divisiones y fracturas, lo que también se evidenció en su proceso de renovación interna que recién terminó con la elección del diputado Mario Delgado —vía la encuesta de preferencias en la que se midió con Porfirio Muñoz Ledo y fue aplicada por el INE. Es saludable no solo para Morena sino para la democracia mexicana que su disputa interna se haya resuelto. Así, puede haber posiciones firmes y claras, esperamos que congruentes también, frente a las elecciones de 2021 en las que se renovarán los 300 distritos de mayoría relativa a nivel federal, pero también 15 gubernaturas, una cifra histórica que planteará la nueva correlación de fuerzas entre la federación y las entidades.

La otra conclusión que debe extraerse de la experiencia que acaban de vivir Coahuila e Hidalgo es que el PAN no está haciendo una campaña exitosa ni a ras de tierra ni a través de la comunicación política. Habiéndose aliado con el PRD en la elección de 2018, el PAN perdió mucha credibilidad, a lo que se sumó la renuncia del ex presidente Calderón y Margarita Zavala. Contra los pronósticos que ven al país con una tendencia a un bipartidismo en el que el PAN sobresaldría, hoy hay una señal de que el papel de partido opositor fuerte es del PRI. Esto es relevante porque después de la derrota electoral de 2000 en la Presidencia de la República el PRI supo reagruparse desde los estados del país. Hubo buenos y malos gobernadores, eso no está en duda, pero tampoco es una condición inherente al PRI. El voto de confianza para volver a gobernar al país se ganó a partir de los resultados entregados en el ámbito local; si volvió a haber un presidente del PRI en Los Pinos fue porque antes de ser candidato éste supo hacer un buen trabajo como gobernador del Estado de México.

A futuro a México le convienen mayores equilibrios en el ejercicio del poder. Un régimen democrático avanza en la medida que se fortalece la pluralidad política, y esto implica que los partidos cumplan su función como entidades de interés público, que sepan involucrar a los ciudadanos en sus filas y que defiendan causas, no intereses sectarios. El grave problema que es transversal a todos los partidos es la pérdida de brújula respecto a los temas que están en la mente de los electores. Hoy México enfrenta graves problemas derivados de las dos crisis: la sanitaria y la económica. Precisamente por ello urgen propuestas desde la esfera de los partidos. Es absurdo pensar que las soluciones están en la mente de una sola persona, y que sus decisiones son bondadosas o correctas solo por provenir de su popularidad.

Más bien, en México requerimos elevar el nivel del debate y para ello es vital que los partidos innoven las formas de hacer campaña, pero también las formas de hacer gobierno. Dar resultados a partir de un plan de trabajo transparente es clave si se aspira a vencer en la próxima elección. Por ello en Oaxaca debemos voltear a ver el ejemplo de Coahuila e Hidalgo, entidades en las que el PRI volvió a ganar sin la ayuda de nadie. No es fácil emular el éxito, pero estoy seguro que hay miles de mujeres y hombres con la camiseta de nuestro partido bien puesta. Es la camiseta de un México que mira hacia adelante, que sabe renovarse, que aprende de sus derrotas y que está dispuesto a dar resultados a la sociedad. La eficacia, por más que algunos se engañen, no se construye con discursos, sino recorriendo las comunidades, escuchando a la gente y proponiendo soluciones. Esa es nuestra tarea inmediata.

@pacoangelm

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