Y eso es. Basta con oler aquellos aromas inconfundibles del paso de la tinta sobre el papel en rotativas que corren a velocidad increíble y con un ruido mecánico que es estruendo y que semeja a la sinfonía de la vida, del dolor y la muerte del Profeta, según dijera Ivan Turgueniev. Ciertos seres humanos…
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Periodismo con linaje: Joel Hernández Santiago*




