Andrés, desvergonzado, fue todo, ignoro si diverso: Alfredo Martínez de Aguilar

no me veras

* Generosamente Margarito Guerra Torres, “Ito”, como cariñosamente le llamaba el ixhuateco, no regatea méritos a su paisano istmeño, en su libro Andanzas y Recordanzas de Andrés Henestrosa Morales, de obligada lectura para todos.

* Nada de lo humano fue ajeno al discípulo del contestatario José Vasconcelos. Tenía bien ganada fama de ‘garañón’ y conquistador. Era en ese sentido un desvergonzado, libertino sin vergüenza. Siguió el ejemplo del Maestro de América.

(A la familia y amigos del compañero periodista Santiago Barroso Alfaro, asesinado en San Luis Río Colorado, Sonora Exigimos justicia a las autoridades. La censura mata civilmente; las balas lo hacen físicamente. ¡No más impunidad!).

El Andrés nuestro, el último humanista oaxaqueño vasconcelista, fue todo. Hombre de letras, historiador, bibliófilo, ensayista, narrador, poeta, orador, periodista, escritor, maestro y político.

Generosamente Margarito Guerra Torres, “Ito”, como cariñosamente le llamaba el ixhuateco, no regatea méritos a su paisano istmeño, en su libro Andanzas y Recordanzas de Andrés Henestrosa Morales.

En el Prólogo a la segunda edición El duende y la gracia, Adolfo Castañón, llama a Henestrosa: duende, poeta, periodista, cronista, editor, observador, hombre dispersado por la danza de las horas, político y ciudadano, varón ante todo enamorado de la libertad, guardián celoso de su propia infancia y acaso se diría sobre todo de la de los otros.

El domingo 13 de enero Adolfo Castañón, Miguel Ángel Porrúa y Margarito Guerra presentaron el libro, con la participación especial de Socorro Díaz y Feliciano Carrasco, en la Capilla Gótica del Instituto Cultural Helénico, con motivo del XI aniversario luctuoso del Andrés nuestro.

Nada de lo humano fue ajeno al discípulo del contestatario José Vasconcelos. Tenía bien ganada fama de ‘garañón’ y conquistador. Era en ese sentido un desvergonzado, libertino sin vergüenza. Siguió el ejemplo del Filósofo y Maestro de América.

Sobre su pasión por las mujeres don Andrés dijo: “Yo soy como los buenos vinos: No gusto la primera vez. Pero quien frecuenta mi trato, pero quien logra descubrir la brújula para navegarme, sabe qué ríos de ternura fluyen y confluyen en mi pecho. Y que de trecho en trecho dejo de bramar y pierdo tumbos. Sé que soy pantano; pero puedo reflejar una estrella sin que se manchen sus puntas.”

Después que Abelardo L. Rodríguez le robara el triunfo presidencial, José Vasconcelos, se exilió en París. Ahí se encontró con Antonieta Rivas Mercado, quien no solo puso su fortuna a disposición del mujeriego candidato, sino también su corazón. La joven, millonaria, culta y liberal, lo acompañó en la campaña.

La noche anterior a su suicidio, Antonieta le había preguntado en el cuarto del hotel: “Dime si en verdad me necesitas...”. Él, sin saber el sentido profundo que tenía la pregunta, se limitó a responderle: “Ningún alma necesita de otra. Nadie, ni hombre ni mujer necesita más que a Dios; cada uno tiene su destino comprometido con el creador”.

A la mañana siguiente, Antonieta se dirigió a la catedral de Notre Dame. Se sentó en el extremo izquierdo de una banca frente a la imagen de Jesús crucificado. Abrió su bolso de mano y sacó la pistola de Vasconcelos, que había tomado sin que éste se diera cuenta. Colocó el cañón sobre su corazón y disparó. El cuerpo sin vida de Antonieta se desplomó sobre la banca.

Ignoro si Andrés Henestrosa vivió el complejo de Edipo hacia Martina, Tina Man, su madre, viuda de Arnulfo Morales precozmente fallecido, y través de sus conquistas buscó su reafirmación viril, y si nuestro Andrés fue diverso, dicho temeraria y provocadoramente.

El año de su nacimiento es el de 1906, el mes noviembre, el día 30, al mediodía. “Soy un grito: el grito de Martina Henestrosa al darme a luz repentinamente”, dice Andrés en las primeras líneas de su autobiografía inédita.

En 1918, a los doce años, una gitana o húngara —como se les dice en el Istmo— le dijo que viviría catorce veces seis años. También le pronosticó que se iría de aquel pueblo a otro que estaba muy lejos, más allá de las montañas y de los mares. Le pronosticó que cambiaría de ropa y se pondría zapatos, corbata y sombrero, que llevaría libros bajo el brazo, que aprendería otro idioma y que sería famoso.

El Andrés nuestro, nuestro Andrés, Henestrosa, el último humanista oaxaqueño vasconcelista, irreverente, iconoclasta, excéntrico, hizo de la luz del conocimiento su faro para hacer realidad y cumplir el vaticinio de la húngara. El conocimiento de las letras le cambio la vida, como a todos.

El libro de Margarito Guerra Torres, “Ito”, reúne un ramillete, un puñado del universo de remembranzas del abanico del gran escritor multifacético Andrés Henestrosa, nacido en 1906 y fallecido en 2008.

Entre otras cualidades literarias del Andrés nuestro destaca la espontaneidad. Con la amplia entrevista al autor, se pretende hacer llegar al lector las anécdotas que vivió en su largo recorrido.

Son precisamente esas anécdotas esa parte tan característica del Andrés nuestro que lo hizo vivir una vida tan intensamente vivida, locamente apasionada, con la santa locura del Quijote.

Nuestro Andrés, con más de cien años de amistad y nunca en soledad, fue construyendo su propia leyenda, su mito, para trascender el mundo del espíritu y de la inteligencia.

Pero también, fue inventándose a través de sus palabras, sus canciones, sus poemas y los cuentos que contaba con una magia si igual y la picardía propia de su raza zapoteca del Istmo de Tehuantepec.

Si el legado de su obra literaria constituye un valioso aporte para las letras mexicanas, mediante las 131 páginas del libro Andanzas y Recordanzas de Andrés Henestrosa Morales se tiene otro que enaltece igual la figura del maestro: su genialidad, escribe Ito Guerra, con justo reconocimiento.

“Margarito Guerra, “Ito”, como me place llamarlo, ha estado cerca de mí por más de un cuarto de siglo, ha sido testigo y muchas veces parte de mis conversaciones; de mis escritos, de mis momentos de gozo, en los que cuento algunos chistes subidos de color, que incomoda contar –ya que suelen sonrojarse- delante de los caballeros”.

“Hemos compartido también, ratos de dolor y de pena”, puntualiza nuestro genial Andrés acerca de la prolongada amistad con “Ito”.

Durante una reunión en casa del antropólogo Gerardo Garfias, don Andrés dijo que la raíz de la palabra testículos es la misma que la de testigos, ya que “a pesar de que no entran, dan fe”. A efecto de esclarecer lo vertido por don Andrés, Gerardo consultó su enciclopedia, y manifestó que efectivamente las palabras referidas tienen la misma raíz. Lo anterior se lo conté a una amiga abogada, quien como complemento dijo: “Sí, sobre todo, testigo de descargo.”

A propósito de las mujeres, Don Andrés siempre dijo que en los senos de doña Martina, su madre, aprendió el zapoteco y el huave. Los otros idiomas, los aprendió en otros pechos.

Cuenta don Andrés que un día entraba con Francisco Toledo a un restaurante de la Zona Rosa cuando el mesero les impidió el paso, bajo el argumento de que Francisco no portaba corbata. Quiso dar alguna explicación y, al punto de retirarse, el propietario –quien probablemente los había identificado–, se acercó para saber el motivo de la discusión. Entonces don Andrés le dijo: “No hay ningún problema. Lo único que pasa es que no quieren permitir el acceso a un artista, a un pintor de primera a un restaurante de segunda.” Fueron instalados en una mesa preferencial.

El gran Juan Rulfo, un día le dijo: “Andrés, lo mejor del matrimonio es la viudez, aunque uno sea el muerto”. “Aunque la mayoría piensa: La vida no vale nada, siempre que no sea la propia”, le respondió Andrés.

Octavio Paz, por su parte, escribió: “Las de Henestrosa, son páginas que no tienen una sola arruga.”

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